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¿Qué hay acerca de los
Dones Carismáticos el día de hoy?

David King

1. Pregunta: ¿Todavía da el Espíritu Dones para hacer Milagros?

Nos referimos a los “dones carismáticos” porque el Apóstol Pablo, en 1 Corintios 12, habla de los carismata, (griego, plural de carisma, significando un don [dado libremente y de gracia], un favor otorgado, derivado de la palabra griega charis, “gracia”) dados por el Espíritu Santo. Algunos de estos carismata son enlistados por Pablo en 1 Cor. 12:8-10 y 28-30. Estos son dones para obrar milagros; es decir, no son naturalmente poseídos por ningún ser humano normal aparte de la concesión del Espíritu. Los cristianos “Carismáticos” (y Pentecostales, la variedad más antigua) afirman que ellos reciben y usan los dones carismáticos. Otros cristianos creen que el Espíritu Santo dejó de dar los dones que obran milagros después de los apóstoles y que los “carismáticos” modernos están equivocados (y lo que ellos afirman ser los dones de Dios son psicológicos en origen, o demoníacos en algunos casos, o descaradamente falsos en otros).

Obviamente cuando Pablo le estaba escribiendo a los Corintios, el Espíritu estaba dando estos dones. ¿Hay alguna razón bíblica para creer que él dejó de dar aquellos dones y que no ha empezado a darlos nuevamente en nuestro siglo?

2. Historia de la Iglesia

Históricamente, no puede haber duda de que los dones carismáticos cesaron en la vida de la iglesia después de la era de los apóstoles. Un grupo en la iglesia antigua que afirmó tener los dones eran herejes (los Montanistas). De vez en cuando, a través de los siglos, grupos aquí y allá aparecían demandando tener poder para profetizar y obrar milagros—todos ellos promoviendo enseñanzas falsas y no bíblicas de alguna u otra clase. El movimiento moderno Pentecostal (que dio a luz al movimiento Carismático) empezó en el siglo pasado entre los perfeccionistas Arminianos (vástagos del reavivamiento Metodista), otro grupo herético. De acuerdo a nuestro Señor (Juan 14:17; 15:26; 16:13), el Espíritu Santo es el “Espíritu de verdad”; así que parece raro que la gente a través de quien él favoreció al mundo con el retorno de los dones milagrosos sería la gente que enseña doctrinas contrarias a la Biblia que él inspiró como la Palabra de la verdad de Dios.

Sin embargo, no basta solamente señalar a las herejías de los Pentecostales y carismáticos modernos. Necesitamos entender la naturaleza histórica de la revelación del plan de salvación de Dios y de la Biblia que revela ese plan, a fin de ver el lugar de los verdaderos carismata y entender por qué ya no se dan más a la iglesia.

3. Los Dones que obran milagros en la Historia de la Redención: Cristo y el Espíritu

La Biblia, y la salvación que proclama, es fundamentalmente histórica. Dios no hizo todo lo que tenía que ser hecho para darse a conocer a sí mismo al hablarles a Adán o a Noé o a Abraham, o incluso a Moisés y a los profetas posteriores. Dios habló con cada uno de ellos y actuó poderosamente en y a través de ellos, cada vez añadiendo a lo que había pasado antes y preparando lo que estaba por venir: la completa revelación de sí mismo y el cumplimiento pleno de la salvación en la venida y obra de Jesucristo, Hijo de Dios quien vino del cielo a la tierra para redimirnos de nuestros pecados y llevarnos a conocer a Dios. La Biblia es una revelación progresiva culminando en Jesucristo.

La venida de Cristo, Hijo de Dios, desde los cielos cumple las promesas, los tipos y las prefiguraciones de todos aquellos siglos de preparación que nos precedieron. Él es el contenido de todo lo que la Ley y los Profetas apuntaban anticipadamente. “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder...” (Heb. 1:1-3). El Hijo ha venido en toda su grandeza y ha hablado. ¿Qué podría ser mayor que eso o sobrepasarlo? Todo lo que nosotros pecadores necesitamos para nuestra salvación lo hallamos en Cristo. Después que somos traídos a una nueva vida en Cristo, todo lo que necesitamos para saber y hacer la voluntad de Dios lo recibiremos de Cristo. Pablo tiene en mente este mismo punto en Colosenses, por ejemplo, “Mirad que nadie es engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él,...” (2:8-10).

El don del Espíritu Santo (no los “dones”, refiriéndose a muchos dones, sino el único don el cual es la obra y la habitación del Espíritu en la gente salva) no es algo que se añade a Cristo. No es como si Dios obró durante siglos en las edades de tipos y sombras, después el Hijo vino como Jesús y realizó su obra expiatoria, y ahora el Espíritu ocupa el escenario central en la obra de Dios. Cuando Cristo terminó su obra en la tierra y ascendió al cielo para ser entronado a la diestra del Padre, él vino a su iglesia como el don de su Espíritu. En Juan 14, Jesús dijo a sus discípulos, “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (14:8)... “En ese día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros” (14:20)—todo esto por medio del Espíritu Santo: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre; el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (14:16-17). En Juan 16, nuestro Señor dice que “...cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mía, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber” (16:13-15).

Mientras estaba en la tierra, Jesús, aunque era Dios, fue lleno del Espíritu como hombre, empezando en su bautismo. El Espíritu lo guió, le dio poder a través de todo su ministerio terrenal. El Padre levantó a su Hijo de entre los muertos por el poder del Espíritu (Rom. 8:11), y ahora desde el cielo Cristo ha derramado el Espíritu Santo sobre su iglesia (Hech. 2:33). La Biblia una y otra vez habla de los creyentes estando “en Cristo” y de Cristo habitando en nosotros; esto es posible por medio del Espíritu. “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” es el Espíritu habitando en nosotros (Rom. 8:9s.) uniéndonos a Cristo quien está en el cielo.

El libro de Hechos se enfoca sobre el ministerio humano de los apóstoles; pero Lucas inicia su historia con estas palabras: “En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba...” (1:1-2). Hechos es el registro de lo que Jesús ha continuado haciendo y enseñando desde el cielo por medio del Espíritu Santo.

El punto de todo esto es que ninguna separación puede ser hecha entre Cristo y el Espíritu en la vida de los cristianos y la iglesia. Algunas veces se nos dice, “Cree en Jesús para ser salvo; ahora necesitas avanzar más y recibir el Espíritu”. Se da la impresión de que (1) creer en Jesús para ser salvo es necesario si quieres ir al cielo, pero las experiencias verdaderamente grandiosas de la vida cristiana vienen a ti después que recibes al Espíritu, y que (2) recibir el Espíritu es diferente y posterior a recibir a Cristo en la salvación. La gente que cree esto habla del Espíritu como una “segunda bendición” o una segunda obra de la gracia que mueve a los cristianos de ser solamente salvos a realmente conocer y vivir en el poder de Dios. Pero Pablo refuta esta herejía al decir, “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo” (1 Cor. 12:13). No existe un grupo “elite” de los súper-cristianos o cristianos “espirituales” que han sido bautizados por el Espíritu, mientras que otros son débiles y ordinarios. Todo el que es verdaderamente cristiano (“nacido de nuevo por el Espíritu” – Juan 3:5-8); Tito 3:5) ha sido bautizado por el Espíritu (“todos”) y es habitado, guiado y otorgado poder por el Espíritu (Rom. 8:9-15).

Es verdad que en el libro de Hechos encontramos algunos grupos de personas que sí recibieron el bautismo del Espíritu (1:4-5) después que ellos creyeron en Cristo. Los propios discípulos de Jesús creyeron en él y le siguieron por el poder salvador de Dios (Jesús le dijo a Pedro, “porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mateo 16:17; cf. 11:25-27), antes de que fueran bautizados por el Espíritu en Pentecostés (Hech. 2). El bautismo del Espíritu es uno de los nuevos grandes dones del pacto que los santos del Antiguo Testamento esperaban por la promesa (e.g., Is. 44:3s.; Ez. 36:25-27). Pero la morada del Espíritu no fue dada hasta que Jesús mismo terminó su obra expiatoria y resucitó de los muertos (Juan 7:37-39). A sus discípulos antes de su muerte y resurrección, Jesús dijo del Espíritu Santo, “pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (Juan 14:17). Los discípulos de Jesús estuvieron sobre un puente entre dos grandes eras. Ellos cruzaron el puente de la era del Antiguo Pacto, creyendo en Jesús por el poder del Espíritu quien todavía no moraba en ellos con la plenitud de Pentecostés. En el día de Pentecostés ellos pasaron plenamente a la era del Nuevo Pacto por el bautismo del Espíritu. Otros grupos pasaron ese puente en dos etapas también: los Samaritanos (Hech. 8:12-17), herejes semi-judíos despreciados por todos los judíos pero que fueron preparados por Cristo mismo para oír el evangelio (Juan 4:39-42), y los discípulos de Juan el Bautista hallados por Pablo en Hechos 19:1-6. En el caso de los Samaritanos, Dios retrasó su recepción del Espíritu con señales visibles hasta que los apóstoles vinieron y les impusieron las manos, y en el caso de los discípulos de Juan el Bautista, ellos eran “creyentes” a través del ministerio de Juan (“He aquí, el Cordero de Dios”) que todavía no habían oído la historia completa de la obra salvífica de Cristo, su resurrección y ascensión, y la concesión del Espíritu en Pentecostés. Así que ellos también, cruzaron el puente del Antiguo Pacto al Nuevo Pacto en dos etapas. Pero con la desaparición perpetua de la antigua era y con la nueva era presente en su plenitud, la obra del Espíritu que traslada a pecadores perdidos de la muerte en el pecado e incredulidad a la vida y fe ES el bautismo del Espíritu. Cada creyente nacido de nuevo en Cristo tiene todo de Cristo y todo del Espíritu Santo.

¿Qué hay acerca de los dones carismáticos del Espíritu?

4. Los dones que obran milagros en la Historia de la Redención: Cristo y sus Apóstoles

Mientras que nuestro Señor estaba en la tierra, desde su bautismo por el Espíritu hasta su sacrificio en la cruz, su obra consistió de dos cosas, primariamente: la predicación y los milagros. Sus milagros son llamados, por Juan, “señales” (Juan 2:11; 20:30-31). Esto es muy significativo. Puede que nos guste una situación en la que podamos tener milagros que nos convengan, como prender la TV cuando deseamos ser entretenidos, o poder ver al doctor perfecto (¡gratis!) que nos cure siempre que lo necesitemos, o recibir maná del cielo (cheques en el buzón) siempre que necesitemos dinero. Pero los milagros de Jesús fueron primero que todo acerca de él. Fueron señales dadas por Dios el Padre en el poder del Espíritu señalando hacia Jesús, y diciendo a todos lo que tenían ojos para ver: “Este es mi Hijo amado; a él oíd.” Una “señal” no es algo en sí misma. Las señales-milagros no eran el objetivo; ellos eran indicadores hacia Jesús. Ellas decían, él es quien ha venido del cielo para dar agua viva y pan vivo y la vida misma: “...las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado. También el Padre que me envió ha dado testimonio de mí.” (Juan 5:36-37). Así es como él respondió a los discípulos de Juan el Bautista, quienes vinieron de parte del Bautista que estaba en la prisión para preguntarle a Jesús, “¿Eres tú [verdaderamente] aquel que había de venir, o esperaremos a otro?” Jesús, ante los ojos de aquellos mensajeros, hizo milagros cumpliendo las promesas de Dios concernientes al Mesías en Isaías (Mat. 11:2-6 con referencias cruzadas). El milagro más grandioso de todos fue la “señal de Jonás”: la resurrección de nuestro Señor de los muertos, de la cual sus apóstoles fueron testigos oculares.

Mientras nuestro Señor estuvo en la tierra, nunca escribió libros, nunca salió del área de Palestina, ni organizó instituciones formales. Él vino a salvar a su pueblo de sus pecados muriendo en la cruz y resucitando. Todo estaba centrado en ese gran acto de salvación por los pecadores. Pero él, sí miró más allá de su ascensión de regreso al cielo e hizo preparativos para el futuro. Él dijo, “edificaré mi iglesia” (Mat. 16:18). Del grupo más grande de seguidores (discípulos), él escogió 12 en particular “a los cuales también llamó apóstoles” (Luc. 6:13, que significa “enviados”, i.e., embajadores), “para que estuviesen con él (Mrc. 13:14). Él los entrenó para proclamarlo a él después de su ascensión; él les dio la “Gran Comisión”. Y en el día de Pentecostés les dio poder con su Espíritu Santo. Y a ellos en particular les prometió un ministerio especial del Espíritu que fue distintivamente suyo: “él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26), y “él dará testimonio acerca de mí, y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio” (15:26-27). Solamente los apóstoles estuvieron con Jesús desde el principio y tuvieron una experiencia de primera mano de su ministerio para que ellos lo recordaran. Esta es la razón por qué, cuando llegó el tiempo de reemplazar a Judas por otro apóstol, Pedro dijo que el sustituto tenía que ser uno que hubiera estado con ellos desde el principio (Hech. 1:21-22). Pablo, el “décimo tercer apóstol” fue tratado de una manera especial: personalmente confrontado por el Cristo resucitado para ser también un testigo ocular de la resurrección (Hech. 9:3-6), y personalmente fue enseñado por Cristo para que su mensaje fuera verdaderamente de Cristo y no de los hombres (Gál. 1:1, 9-12; 1 Cor. 15:8-10). El rol de los Apóstoles fue único; ellos fueron los portavoces del Mesías resucitado, hablando y actuando en la tierra en nombre de él entronizado en los cielos quien, a través de ellos, estaba echando el fundamento para la edificación de su iglesia (Ef. 2:20; Mat. 16:18).

Así como el Padre certificó la autoridad de Jesús como su Hijo por los milagros que él hizo en el poder del Espíritu, también Cristo certificó que los apóstoles eran sus representantes por los milagros que el Espíritu les capacitó para realizar en el nombre de Cristo. Jesús les había prometido un ministerio especial del Espíritu. Y después de Pentecostés la predicación de los apóstoles estuvo acompañada de la realización de milagros, mostrando que en ellos y a través de ellos Jesús estaba dándole continuidad a su obra. Así es como Hebreos lo expresa: la gran salvación de Dios “anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su santa voluntad” (2:3-4).

En Hechos hallamos a otros aparte de los apóstoles haciendo milagros. Pero el patrón en Hechos es que estos otros recibieron este poder del Espíritu a través de la imposición de las manos de los apóstoles: Hechos 8:13-18; 19:1-7. La iglesia en Corinto, establecida por medio del ministerio del Apóstol Pablo, recibió una abundancia de estos dones del Espíritu. Más tarde, cuando falsos maestros vinieron de Corinto y atacaron a Pablo (a sus espaldas) a fin de desacreditar su enseñanza, Pablo tuvo que defenderse a fin de defender el verdadero evangelio. Parte de su defensa fue señalar a los dones espirituales que abundaban en la iglesia de Corinto (con un toque de sarcasmo): “Me he hecho un necio al gloriarme; vosotros me obligasteis a ello, pues yo debía ser alabado por vosotros; porque en nada he sido menos que aquellos grandes apóstoles, aunque nada soy. Con todo, las señales de apóstol han sido hechas entre vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros. Porque ¿en qué habéis sido menos que las otras iglesias, sino en que yo mismo no os he sido carga? ¡Perdonadme este agravio!” (2 Cor. 12:11-13).

Tan atado a los apóstoles están los dones obradores de milagros del Espíritu que Pablo habla de ellos como “las señales de un verdadero apóstol”. Su presencia en la iglesia de Corinto es la atestación de Dios de que un verdadero portavoz de Jesucristo había predicado y les había impuesto las manos.

El rol de los apóstoles, ya hemos dicho, fue históricamente único. ¡La Gran Comisión fue dada primeramente a ellos, y ellos hicieron un buen arranque! Sí, ellos no terminaron la tarea que la iglesia todavía continúa realizando. La suya fue la tarea vital e irrepetible de poner el fundamento para la iglesia para que sea edificada en todos los siglos venideros. “Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor” (Ef. 2:20-21).

“El fundamento de los apóstoles y profetas [asociado con los apóstoles al dar revelación de Cristo para su iglesia]” es particularmente la verdad que ellos recibieron de Dios que proclamaron y enseñaron (Rom. 1:1-5; Ef. 3:1-10). Las iglesias hoy son “apostólicas” al grado en que son fieles al mensaje de los apóstoles (Gál. 1:6-9). Los Apóstoles y profetas predicaron el evangelio y enseñaron a la iglesia; y, guiados por el Espíritu, escribieron la Palabra de Dios en las escrituras del Nuevo Testamento (2 Pe. 1:20s.; 3:15s.). Con la conclusión de la Biblia y la desaparición de los apóstoles, la era-fundamento de la iglesia llegó a su fin, y con ella la necesidad de “señales de los verdaderos apóstoles”. Los apóstoles no añadieron sus palabras a la revelación de Dios en Jesucristo. Las palabras de los apóstoles eran la revelación de Dios en Jesucristo. Conocemos a Cristo únicamente a través de los relatos de los evangelios, las cartas, Hechos, y Apocalipsis, escrito para nosotros por los apóstoles y profetas. No hay revelación mayor de Dios que añadir a su revelación en su Hijo. Por eso es que la Biblia termina con una advertencia (¡una maldición!) de Dios de no añadir o quitar de “este libro”, especialmente refiriéndose a Apocalipsis, pero realmente abarcando a toda la Biblia.

5. Cristo y el Espíritu aún trabajan: Salvación y Santificación a través de los Medios Ordinarios de Gracia

¡El Espíritu Santo todavía está obrando! ¡El Cristo resucitado todavía está obrando! Cristo por el Espíritu usa su Palabra para convertir y salvar a pecadores perdidos (Stg. 1:18; 1 Pe. 1:23-25). Los dones que obran milagros, los carismata, certificaban la autoridad de los apóstoles al hablar por Cristo. Pero no son señales de regeneración y fe salvadora. En el Antiguo Testamento Dios, el Espíritu, dotó a ciertos hombres y los usó milagrosamente, no para mostrar que ellos eran salvos personalmente sino para hacer avanzar su obra salvífica para su pueblo como un todo. El rey Saúl provee una ilustración trágica pero interesante de esto. En abierta rebelión en contra del Señor y persiguiendo a David para matarlo, Saúl fue lleno del Espíritu de Dios y lo unió a un grupo de profetas guiados por Samuel profetizando todo el día y toda la noche, mostrando de ese modo quién era el verdadero Rey. Saúl no era un hombre salvo, empero la gente decía verdaderamente, “¿También Saúl entre los profetas?” (1 Sam. 19:23-24). En el Nuevo Testamento, nuestro Señor advierte, “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mat. 7:21-23).

Dios el Espíritu no necesita de milagros para convencer a la gente de la verdad del evangelio y traerlos a la fe salvadora. A Tomás, cuando hubo visto y tocado las heridas de nuestro Salvador resucitado y confesó, “¡Señor mío, y Dios mío!”, Jesús le dijo, “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron y creyeron” (Juan 20:28-29). Sus verbos están en el tiempo pasado, pero él nos está hablando a nosotros también. El Espíritu por medio de la Palabra trae a pecadores muertos a la vida y a la fe. Ese es el más grande de todos los milagros.

La demostración del Espíritu que tenemos que buscar y por la cual tenemos que orar no es los carismata que obran milagros, sino la obra regeneradora y santificadora del Espíritu. Arrepentimiento del pecado y fe en Cristo son los dones salvíficos de Dios por medio del Espíritu. Las vidas cambiadas, no viven ya más bajo el gobierno del pecado en rebelión en contra de Dios sino ahora viven en el poder del Espíritu en obediencia al Señor, demostrando la presencia y obra salvífica y santificante del Espíritu Santo (Rom. 8:5-14). “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gál. 5:22ss.).

El carisma de profecía (el don de recibir un mensaje directamente de Dios el Espíritu) puede que ya no esté en la iglesia el día de hoy. Pero Cristo por el Espíritu capacita a los hombres y les enseña su Palabra, y el Espíritu usa sus predicaciones para convertir a los incrédulos (1 Cor. 1:18-25) y edificar y santificar a su iglesia (Ef. 4:11-12; 5:26). El carisma de sanidad (el don dado a una persona capacitándolo para sanar, e.g., Hech. 3:6-7; 5:15-16, etc.) puede que ya no se de más en la iglesia. Pero Dios todavía escucha la oración y con frecuencia responde de maneras poderosas que llamamos “milagrosas” (Stg. 5:14-16). Dios usa los medios “ordinarios” de gracia (la Palabra y la oración) para su realizar sus magníficas obras.

Así como toda la industria del entretenimiento secular, la manía de lo milagroso entre los “carismáticos” tiene el efecto de hacer ver a los medios de gracia prometidos por Dios aburridos y sin importancia para muchos cristianos. Existe un gran peligro en esto. Si despreciamos lo que Dios sí usa prefiriendo los ministerios “dramáticos” realizados y promovidos exageradamente por la voluntad y energía del hombre, obtendremos “bendiciones” hechas por el hombre en vez de la obra real y verdadera de Dios. Pablo advierte que cuando el Hombre de Pecado sea revelado, antes de la segunda venida de Cristo, su venida “es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos” (2 Tes. 2:9-10). Las iglesias de hoy están siendo arrastradas por una pasión por la experiencia y la emoción que tiene mucho que ver con las personalidades dinámicas y la música hi-amp que con la cuidadosa y sana predicación y enseñanza de la Biblia. Nos estamos adaptando para ansiar los milagros falsos que el diablo puede dar, pero no reconoceremos el engaño porque más y más ignoramos la Palabra de Dios que es su luz para nuestra senda. Que Dios nos de una gran pasión para honrar a Cristo en obediencia a su Palabra, amor por su verdad, y una buena disposición para oír y estudiar la Biblia, y un hambre de ser más y más como Cristo en el fruto del Espíritu Santo.

Traducido por Valentín Alpuche.