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La Inspiración y la Autoridad
de la Santa Escritura

Herman Ridderbos (1909-2007)

Al hablar acerca de la autoridad de las Escrituras, uno tiene que distinguir agudamente desde el principio entre esta autoridad en sí misma y nuestra doctrina sobre la Escritura, su autoridad, infalibilidad y todas las cualificaciones y conceptos concernientes a la Santa Escritura que han procedido de la reflexión y discusión teológicas a través de los años. La Biblia misma no ofrece una doctrina sistemática de sus atributos, de la relación en ella de lo divino y lo humano. Su punto de vista es diferente al de la teología.

Esto no significa, por supuesto, que la Biblia no tenga nada que decir acerca de su autoridad e infalibilidad. La autoridad de las Escrituras es la gran presuposición de toda la predicación y doctrina bíblicas. Esto se ve más claramente por la manera en que el Nuevo Testamento habla acerca del Antiguo Testamento. Aquello que aparece en el Antiguo Testamento se cita en el Nuevo Testamento con fórmulas como “Dios dijo”, “el Espíritu Santo habló”, y así sucesivamente (cf., por ejemplo, Hechos 3:24, 25; 2 Cor. 6:16; Hechos 1:16). Lo que “Dios dijo” y “el Espíritu Santo habló” es la misma cosa. Esto “indica una cierta confusión en el discurso actual entre ‘Escritura’ y ‘Dios’, la consecuencia de una convicción profundamente arraigada de que la palabra de la Escritura es la Palabra de Dios. No fue ‘la Escritura’ la que habló a Faraón (Rom. 9:17) o la que dio su gran promesa a Abraham (Gál. 3:8), sino fue Dios mismo. Pero ‘Escritura’ y ‘Dios’ yacen tan juntas en las mentes de los escritores del Nuevo Testamento que ellos podían naturalmente hablar de ‘la Escritura’ haciendo lo que la Escritura misma registra que Dios hace” (B. B. Warfield). Y esto naturalmente implica autoridad. “Está escrito” (griego, gegraptai) en el Nuevo Testamento pone fin a toda contradicción.

Esta autoridad de las Escrituras del Antiguo Testamento no es otra que la que los apóstoles se adscriben a sí mismos, a saber como heraldos, testigos, embajadores de Dios y Cristo (Rom. 1:1, 5; 1 Tim. 2:7; Gál. 1:8, 9; 1 Tes. 2:13). Ellos adjuntan esa autoridad de la misma manera a sus escritos como a sus palabras (1 Cor. 15:1s.; 2 Tes. 2:15; 3:14). En el Nuevo Testamento los escritos apostólicos están ya colocados a la par con aquellos del Antiguo Testamento (2 Pe. 3:15-16; Ap. 1:3). Gegraptai se usa ya de los escritos del Nuevo Testamento (Juan 20:31). Y el concepto de fe del Nuevo Testamento está de acuerdo con eso: la fe es la obediencia al testimonio apostólico (Rom. 1:5; 16:26; 10:3). Este testimonio apostólico se distingue fundamentalmente en este respecto de las otras manifestaciones del Espíritu, el cual demanda de la congregación (ekklesia) no solamente la obediencia, sino también un discernimiento crítico entre lo verdadero y la falso (cf. 1 Tes. 5:21; 1 Juan 4:1). Porque este testimonio merece fe y obediencia incondicionales, tanto en forma escrita como en su forma oral.

Similarmente para la infalibilidad. Aunque, hasta donde soy consciente, el equivalente de nuestra palabra “infalibilidad” como atributo de la Escritura no se halla en la terminología bíblica, sin embargo de acuerdo con el origen y contenido divinos de la Escritura, un gran énfasis se coloca repetidamente sobre su confiabilidad. La palabra profética es segura (bebaios) (2 Pe. 1:19). En las Epístolas Pastorales Pablo no se cansa de asegurar a sus lectores de que la palabra que él les ha transmitido es confiable/fiel (pistos) y digna de toda aceptación (1 Tim. 1:15; 3:1; 2 Tim. 2:11; Tito 3:8). En Hebreos 2:3 el autor escribe que la salvación fue declarada primero por el Señor y fue atestiguada (hecha bebaios) para nosotros por aquellos que oyeron al Señor. Mientras que del hombre tiene que ser dicho que “toda carne es como hierba”, es verdad que la palabra de Dios “permanece para siempre”. Y “esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada (1 Pe. 1:24, 25).

La permanente y fiel palabra de Dios de este modo ha entrado en la palabra hablada y escrita de los apóstoles. Como Lucas le dice a Teófilo, la tradición de lo que fue oído y visto por aquellos que fueron desde el principio testigos oculares y ministros de la palabra ha sido escrita para que él pudiera reconocer la confiabilidad (asphaleia) de lo que le había sido informado (Lucas 1:1-4). Toda la Escritura está llena de declaraciones de que el que construye sobre la palabra y promesa de Dios no será avergonzado (Is. 28:16; Rom. 9:33; 1 Pe. 2:6); esto se aplica a la palabra hablada como también a la escrita de los apóstoles (Juan 19:35; 20:31; 1 Juan 1:1-3). La Escritura es infalible, podríamos resumir, porque no falla, porque tiene el significado de un fundamento sobre el cual la ekklesia ha sido establecida y sobre el cual ella misma tiene que ser establecida cada vez más (Col. 2:6-7). El concepto total de tradición, como es usado por Pablo, por ejemplo, tiene esta connotación de autoridad, certidumbre, irrefutabilidad. Los protestantes de este modo hacen bien en no abandonar este concepto de tradición por reaccionar en contra del uso en la el Catolicismo Romano. La autoridad e infalibilidad de las Escrituras son de esta manera dos lados de la misma moneda: a saber, que la Escritura es de Dios.

Lo segundo que tenemos que observar desde el principio es que todos los atributos que la Escritura se adscribe a sí mima permanecen en una relación estrecha con su propósito y naturaleza. Y así nuestra manera de pensar acerca de la Escritura y nuestras definiciones teológicas tienen que estar relacionadas también con este propósito.

Es obvio que la Escritura nos es dada para un propósito definido. Pablo dice que “para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza” (Rom. 15:4). El famoso pronunciamiento de 2 Timoteo 3:15-16 tiene el mismo fin: los escritos sagrados “te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús”. No solamente la naturaleza y fuerza de las Escrituras deben hallarse en su provisión de la instrucción para la salvación, sino también el medio y la clave para entenderlas—fe en Cristo Jesús. Solamente por medio de la luz de tal fe se abren el tesoro de la sabiduría y el conocimiento de las Escrituras.

Este propósito de la Escritura (del Antiguo Testamento como también del Nuevo) y el uso que corresponde a ella siempre tiene que tenerse en mente al formular una definición teológica de los atributos de la Escritura. Esa es la fuerza del comentario de Calvino sobre 2 Timoteo 3:15: “A fin de que la Escritura pueda ser de provecho para nuestra salvación, tenemos que aprender a hacer un buen uso de ella. Él (Pablo) tiene una buena razón para dirigirnos a la fe de Cristo, lo cual es el centro y suma de la Escritura.” Lo que sigue en el versículo 16 está en completo acuerdo con esto: “Toda la Escritura es inspirada por Dios—y el significado predicativo de thepuenstos no es disputable en mi opinión—y útil para enseñar, para redargŸir, para corregir, para instruir en justicia”. El propósito y naturaleza de la Escritura yace así en aquella cualificada clase de enseñanza e instrucción que es capaz de hacernos sabios para la salvación, la cual le da al pueblo de Dios esta “completud” y los equipa para toda buena obra.

Que no podemos hablar acerca de la Escritura y de sus cualidades aparte de este alcance, propósito y naturaleza, debe ser también el punto de partida de toda evaluación y definición teológicas de la autoridad bíblica. Esta autoridad no debe ser separada del contenido y propósito de la Escritura así cualificada, ni puede ser reconocida aparte de este contenido y el carácter específico de la Escritura. No importa a qué grado rechacemos la doctrina dualista de la inspiración, que sostiene que solamente las secciones ético-religiosas de la Escritura son inspiradas y autoritativas, esto no remueve el hecho de que, en la palabras de Bavinck, “la Santa Escritura posee un propósito (designación, intención) exhaustivamente religioso-ético y no tiene la intención de ser un manual para las varias ciencias.” No debemos aplicarle a la Escritura estándares que no le sientan bien. No solamente no ofrece un conocimiento exacto de matemáticas o biología, sino tampoco no presenta una historia de Israel o una biografía de Jesús que esté de acuerdo con los estándares de la ciencia histórica. Por lo tanto, uno no tiene que transferir la autoridad bíblica.

Dios nos habla a través de las Escrituras no a fin de hacernos eruditos, sino para hacernos cristianos. Sin duda, para hacernos cristianos en nuestra ciencia también, pero no de tal manera como para hacer la ciencia humana superflua o para enseñarnos de una manera sobrenatural todo tipo de cosas que podrían y de otra manera serían aprendidas por medio de un entrenamiento e investigación científicas.

Lo que la Escritura intenta es colocarnos como humanos en una posición correcta con Dios, incluso en nuestros estudios y esfuerzos científicos. La Escritura no solamente está interesada con las necesidades religiosas de una persona en un sentido pietista o existencialista de la palabra. Al contrario, su propósito y autoridad es que nos enseña a entender todas las cosas sub specie Dei – la humanidad, el mundo, la naturaleza, la historia, su origen y su destino, su pasado y su futuro.

Por lo tanto, la Biblia no solamente es el libro de conversión, sino también el libro de la historia y la creación. Pero es el libro de la historia de la salvación; y es este punto de vista que representa y define la autoridad de la Escritura.

Pero cuando uno conecta la definición teológica de la autoridad y la infalibilidad como atributos de la Escritura tan estrechamente con el propósito y naturaleza de la Escritura, ¿no se dirige uno al peligro de caer en una clase de subjetivismo? ¿Quién establecerá precisamente los límites entre aquello que pertenece y aquello que no pertenece al propósito de la Escritura? Y ¿no está abierto así el camino para el subjetivismo y la arbitrariedad en el asunto de la autoridad de la Escritura, como ha sido tan perjudicial a la autoridad de la Escritura en la historia de la iglesia? Quisiera en esta conexión señalar lo siguiente:

Primero, el mal uso de la Escritura no suprime el uso correcto y bueno de la misma. Una Escritura no es un libro de oráculos divinos separados, sino que es desde Génesis hasta Revelación una unidad orgánica, en tanto que es el libro de la historia de los actos redentores y enjuiciatorios de Dios, de los cuales el advenimiento y la obra de Cristo es el centro y foco todo-dominante. El testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía (Ap. 19:10), y la Escritura tiene el poder de salvar por la fe en Cristo Jesús (2 Tim. 3:15). Esto es el centro hacia el cual todo en la Escritura se relaciona y a través del cual está vinculado – principio y fin, creación y recreación, humanidad, el mundo, la historia y el futuro, teniendo todos estos un lugar en la Escritura. Por lo tanto, también hay una correlación entre la Escritura y la fe, a saber, como fe en Jesucristo. Si quitas esa unidad de la Escritura y esta correlación de la Escritura y la fe, desnaturalizas la Escritura y la fe en ella; y la autoridad e infalibilidad de la Escritura también pierden su definición teológico-cristológica y se convierten en conceptos formales, abstraídos de su naturaleza y contenido peculiares de la Escritura.

Pero en segundo lugar, eso no significa que se nos permita aplicar cualquier tipo de operación dualista sobre la Escritura y hacer distinciones entre lo que es y lo que no es inspirado, lo que es y lo que no es de Dios—digamos, por ejemplo, que el contenido pero no la forma, o la esencia pero no la palabra fue sometida al poder e inspiración y autoridad de Dios. Dios nos dio la Escritura en esta forma concreta, en estas palabras e idiomas. La confesión se aplica a esto, y no a secciones específicas o pensamientos, de que es la palabra inspirada de Dios, de que nos es dada como la guía infalible para la vida, la luz de Dios sobre nuestro sendero, la lámpara de Dios para nuestros pies. Pero la inspiración divina no necesariamente significa que los hombres que hablaron y escribieron bajo inspiración fueron temporalmente despojados de sus limitaciones en conocimiento, memoria, lenguaje y capacidad de expresarse, como seres humanos específicos en un cierto período de la historia.

Tenemos que ser muy cuidadosos, creo, de no operar como si conociéramos por adelantado hasta qué grado la inspiración divina concuerda o no con las limitaciones humanas mencionadas arriba. Inspiración no significa deificación. No podemos decir todo de la Escritura de lo que podemos decir de la palabra de Dios, ni tampoco debemos identificar a los apóstoles y profetas mientras escribían con el Espíritu Santo. La inspiración consiste en esto, que Dios usa las palabras de los hombres como instrumentos de su palabra, que él usa las palabras humanas para sus divinos propósitos. Como tales, las palabras humanas están al servicio de Dios y participan de la autoridad e infalibilidad de la Palabra de Dios, responden perfectamente al propósito de Dios, en breve, funcionan como la Palabra de Dios y por lo tanto pueden ser llamadas así. Pero esto sigue siendo un instrumento en las manos de Dios. Y no depende de nosotros, sino del libre beneplácito de Dios decidir qué clase de efecto la inspiración divina debe tener en la mente, conocimiento, memoria, y exactitud de aquellos a quienes ha usado a su servicio, a fin de que sus palabras realmente puedan ser aceptadas y confiadas como la palabra inspirada de Dios. Si negamos o ignoramos esto, eliminamos la misma naturaleza de las Escrituras como la Palabra de Dios, y también la naturaleza de su autoridad e infalibilidad. La mejor manera de no caer en tal peligro es estudiar la Escritura misma desde este punto de vista.

Para no atascarnos en las generalidades y abstracciones demostraré lo que quiero decir con un número de ejemplos de la Biblia misma.

Una de las pruebas de que la autoridad e infalibilidad de la Escritura deben ser entendidas en un sentido cualificado es la manera en que los evangelios sinópticos presentan el mismo material con varios distintos arreglos, secuencias y expresiones. Sin duda alguna, el cuadro total que estos evangelistas pintaron de Jesús es enteramente el mismo, no solamente en su totalidad sino también en muchos detalles. Por lo tanto, cuando leemos los evangelios uno tras otro (de la manera y con la intención con las que la iglesia puede y tiene que leerlos) nadie tendrá por ningún momento la impresión de que el Cristo de un evangelio es diferente en comparación con la imagen de Cristo en otro evangelio.

Con todo, esto no quiere decir que no haya diferencias en los detalles históricos, o en la tendencia de dos o tres evangelistas de relatar la misma historia, o en la reproducción de las mismas palabras y hechos de Jesús, o en la presentación e interpretación de las buenas nuevas como un todo. Ni tampoco estas diferencias están limitadas a pequeños detalles, los cuales uno fácilmente pudiera descuidar o despedir. Comparemos, por ejemplo, la Oración del Señor en Mateo y Lucas. Es claro que Lucas, en adición al registro de una breve invocación de Dios, carece de la tercera petición enteramente y en la última petición solamente dice: “No nos metas en tentación”.

Ahora, alguien pudiera sugerir que Jesús le dio a sus discípulos la Oración del Señor en dos ocasiones diferentes en dos formulaciones distintas, de este modo trazando las diferencias entre Mateo y Lucas hasta Jesús mismo y no al registro de los evangelistas. Nadie puede probar que esto es imposible. Pero es algo muy diferente afirmar que Jesús mismo tuvo que haber dado la Oración del Señor dos veces, en dos formas diferentes; o que de otra manera la inspiración e infalibilidad de la Escritura ha fallado. Uno tiene que ser capaz de entender que en la única ocasión las palabras habladas de Jesús fueron registradas de diferentes maneras y que con frecuencia es imposible establecer cuál es la reproducción históricamente exacta. Porque inclusive si tú dudas acerca de si la Oración del Señor fue dada en una o dos ocasiones (un asunto, dice Calvino, “acerca del cual no reñiré con nadie”), no obstante, no puedes hacer esto en relación a otras ciertas palabras de Jesús. Las beatitudes de Mateo difieren considerablemente de las de Lucas, aunque seguramente nadie estaría dispuesto ya más a aceptar dos Sermones del Monte. Y el registro de la institución de la Cena del Señor, mientras que en la sustancia del asunto mucho es lo mismo en la tradición de Mateo y Lucas por un lado y en la tradición de Lucas y Pablo por el otro, exhibe varias diferencias más o menos interesantes e importantes.

Todo esto aún no tiene nada que ver con la confiabilidad e infalibilidad esenciales. Para los evangelios, como la base sobre la cual Cristo edifica su ekklesia, todas estas diferencias en la tradición en relación a la Oración del Señor, las Beatitudes, las palabras de la cena del Señor, no constituyen un problema. Pero si uno intenta elaborar una doctrina concerniente a la Santa Escritura, seguramente no tendrá que perder de vista esta libertad y diferencia de presentación. Uno no puede postular sobre la base de que los libros del Nuevo Testamento son inspirados por Dios de tal forma que “cada palabra tiene entonces que reproducir precisamente la situación histórica, porque de otra forma la Escritura no sería ‘infalible”. El hecho es que la infalibilidad de la Escritura tiene en muchos respectos un carácter diferente al que un concepto teórico de inspiración o infalibilidad, separado de su propósito y la realidad empírica, le gustaría demandar. Uno tiene que ser cuidadoso al razonar acerca de lo que es y lo que no es posible en la inspiración de Dios. Aquí también la libertad del Espíritu tiene que ser honrada; y primero tendremos que exponer los métodos del Espíritu en reverencia, en vez de llegar de una a vez a pronunciamientos demasiado seguros, aun cuando tengan buenas intenciones.

Para mencionar otro ejemplo, un poco diferente, que arroja luz sobre este así llamado carácter orgánico: vemos ocasionalmente que un evangelista a propósito introduce cambios en lo que otro ha escrito, algunas veces, aparentemente, a fin de corregirlo. Aunque no hay una certidumbre absoluta a cerca de la mutua relación de Mateo, Marcos y Lucas, hay una probabilidad que se acerca a la certitud de que Marcos fue el primero en escribir su evangelio y que Mateo y Lucas construyeron los suyos sobre la base del de Marcos. En Mateo, en muchos casos, observamos una clara sistematización del material que en Marcos yace muy dispersado. Esto indica un diseño y un desarrollo diferentes del material común. No implica necesariamente que uno es “mejor” que el otro, pero sí ciertamente señala otra vez al espacio para moverse que es permitido por los evangelistas en su presentación del mismo mensaje.

Ocasionalmente, esto conduce a resultados notables. En la historia del joven rico Jesús dice, de acuerdo a Marcos 10:18, ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios.” En Mateo 19:17, sin embargo, leemos el mismo material (de Marcos) de esta manera: “¿Por qué me llamas bueno? No hay bueno sino uno: Dios.” Es posible que hayan dos tradiciones aquí, pero uno también tiene que tomar en cuenta la posibilidad de que Mateo expresó en palabras algo diferentes el material usado por Marcos para evitar la implicación de que Jesús no debió haberse considerado a sí mismo “bueno”. Esto no significa que Marcos en verdad quiso decir eso, solamente que Mateo deseaba salvaguardar contra un mal entendido la versión que hallamos en Marcos.

Esta notable diferencia entre los dos suministra ninguna dificultad de ninguna clase para la autoridad esencial del evangelio, pero sí nos capacita para ver que una doctrina de la “inspiración verbal” que se propone cerrar la discusión de la precisión y exactitud históricas de cada palabra en la Biblia está excediendo su área de competencia. Eso no quiere decir que por lo tanto solamente hay inspiración con respecto al asunto y no a la palabra: tal distinción es demasiado mecánica. Pero sí quiere decir en verdad que la inspiración es algo más que una eliminación de la libertad humana y la limitación humana. El Espíritu ciertamente cuida de que la iglesia no sufra de deficiencia y que pueda creer y predicar sobre la base de la palabra escrita. Pero el camino por el que viaja el Espíritu y la libertad que se otorga a sí mismo y a los escritores de la Biblia no son capaces de ser expresados en una fórmula dogmática nítida. Es la libertad del Espíritu; tenemos que enfocarla con respeto y discutirla en nuestras declaraciones teológicas con precaución.

Que no tenemos que formarnos un concepto teológico abstracto de la inspiración y autoridad de la Escritura, sino en su lugar prestar atención a la manera en que los escritores de la Biblia llevaron a cabo su trabajo, se hace claro también de otro fenómeno que nos golpea una y otra vez en el estudio de la Biblia. Aunque los escritores bíblicos fueron equipados por el Espíritu Santo para la tarea que ellos tenían que cumplir al servicio de la revelación especial de Dios para todos los tiempos y generaciones, no obstante, ellos eran en muchos respectos enteramente hijos de su propio tiempo; y hasta este punto ellos pensaron y escribieron y narraron de la misma manera como sus contemporáneos pensaron y escribieron y narraron. Esto es verdad no únicamente de los idiomas en que ellos escribieron, los cuales han llegado a ser idiomas muertos, sino también de sus conceptos, sus ideas, su manera de expresión, sus métodos de comunicación. Todo esto estaba en un sentido condicionado de varias maneras por el tiempo y el entorno en que ellos vivieron. Y no puede decirse de todos estos conceptos e ideas que, porque han recibido un lugar en la Biblia, ellos también han recibido el significado de revelación infalible.

Por difícil—inclusive peligroso—que pueda ser operar con este esquema de forma-contenido, nadie tiene que estar bajo la ilusión de que pueda evitar dicho esquema en la exégesis y explicación teológicas del mensaje de la Biblia. Todo depende de cómo y por qué tal esquema es usado. Dondequiera que se use al servicio de una cosmovisión naturalista y evolucionista, es un instrumento destructivo, una navaja disectora, el cual le corta a la Escritura la raíz que le da vida y la hace tan sólo otro remanente del antiguo Cercano Oriente o del espíritu helenístico. Más de una vez ha sido tratada precisamente de esa manera; por eso no sorprende que la perspectiva evangélica de la Escritura escuche con extrema desconfianza, con las cejas alzadas, y ha maximizado la vigilancia cuando los modernos eruditos aplican este esquema de forma-contenido, estas teorías acomodaticias, a la Biblia.

Pero hay otro lado del asunto. Desde el punto de vista de la fe, la naturaleza de la Escritura y su autoridad pueden ser sin duda más agudamente, claramente y precisamente distinguidas cuando vemos la Biblia en contra del antecedente y a la luz del tiempo en que fue escrita. Entonces llegamos a ver por un lado la singularidad incomparable de la Escritura, y por el otro lado aquello que está atado y limitado al tiempo.

En esta conexión con frecuencia se menciona la influencia que la concepción del universo del antiguo Cercano Oriente tuvo sobre la manera en que los escritores bíblicos pensaron y se expresaron. Algunos han querido negar esta influencia diciendo que estos autores hablaron de tales cosas así como nosotros lo hacemos en la vida cotidiana cuando hablamos de “la salida del sol” y cosas semejantes. Pero sin duda, es difícil mantener esto. Si se dice que hay tres niveles en el universo, como por ejemplo en Éxodo 20 e incluso en Filipenses 2 (cielos, tierra, y lo que está debajo de la tierra), esto positivamente no es una representación científica del universo, sino más bien una representación tradicional y generalmente corriente de la estructura del universo. Difícilmente podemos seguir pensando en tales términos. Ya no podemos seguir pensando tan “masivamente” de los cielos y tan espacialmente de la ascensión como era posible hacerlo en las representaciones de los escritores bíblicos. Es claro que la “traducción” de esto nos confronta con peligros mucho mayores que la traducción del Antiguo y Nuevo Testamento a un lenguaje moderno, pero no remueve el hecho de que en este respecto la Escritura habla en imágenes y conceptos, exhibiendo la estampa y también la relatividad del tiempo en que esas imágenes y conceptos eran lo habitual.

En otro respecto, también, es claro que los escritores de la Biblia se asociaron con lo que, por virtud de la educación o tradición, pertenecía a la manera de hablar y pensar de sus contemporáneos, sin autorizar de este modo a nadie a decir que dado que esta o esa idea o expresión halla lugar en la Biblia, por esa razón se convierte en “revelación”. Esto es más obvio porque el contenido de la Biblia sin duda señala hacia un avance radical en cualquier clase de convicciones y tradiciones contemporáneas. Para tomar un ejemplo prominente, la predicación de Pablo es una antítesis continua del esquema sinagogal judío de redención. En este sentido fundamental Pablo es el apóstol de Cristo e inspirado por el Espíritu. Pero esto no remueve el hecho de que este mismo apóstol todavía deja ver algunos rasgos de su educación rabínica, por ejemplo en la manera en que él debate, usa la argumentación rabínica y los materiales tradicionales, y cita el Antiguo Testamento.

Ciertamente incluso en este sentido “formal” la diferencia entre Pablo y la sinagoga es mayor que la conformidad entre ellos; y el mensaje de Cristo significa en sus discípulos, también, una limpieza y purga de cualquier clase de tradición popular sutil y casuística rabínicas. Pero en ciertos respectos el trasfondo judío y lo rabínico de los escritos del nuevo Testamento son suficientemente claros. Si la segunda carta a Timoteo habla de Janes y Jambres como hombres que resistieron a Moisés, no podemos reconocer en ellos a los magos Egipcios de la corte de Faraón, hasta que encontramos estos mismos nombres en ciertos escritos judíos tardíos con una clara referencia a aquellos magos. En otra parte, cuando Pablo habla de la mediación de los ángeles en la entrega de la ley en el Sinaí (Gál. 3:19), o cuando, deseando indicar la exaltación de Cristo sobre todos los poderes espirituales, él enlista toda una serie de clases de ángeles (Col. 1:16); o dice que la promesa dada 430 años antes de la ley (Gál. 3:17) – estas son todas expresiones cuyo trasfondo no podemos encontrar en el Antiguo Testamento o en alguna parte en el Nuevo Testamento, sino que solamente se nos aclaran por medio de escritos judíos tardíos. ¿Cómo tenemos que ver ahora esto? ¿Tenemos que decir que porque Pablo, el apóstol de Cristo, quien fue guiado por el Espíritu, llama a los magos de Faraón Janes y Jambres, estos tuvieron que haber sido sus verdaderos nombres? Aunque puede que hayan existido en aquellos tiempos pasados quienes habrían respondido a esto afirmativamente, sería difícil mencionar a alguien que tome este punto de vista hoy, al menos entre aquellos que son conscientes de la manera en que estos nombres entraron probablemente en boga en la literatura judía.

Ahora, por supuesto, el significado concreto de este último ejemplo es particularmente leve. Desde el punto de vista de la fe nadie está interesado en los nombres de los magos de Faraón. No obstante, como un ejemplo, este caso de Janes y Jambres no es insignificante. Nos hace ver que la inspiración también puede significar conexión con ciertos elementos judíos o no-cristianos, sin que estos elementos sean al mismo tiempo colocados bajo la sanción de inspiración y de este modo pertenezcan al carácter normativo de la Escritura.

Más que un nombre o número está en juego aquí, como comprende cualquiera que ha sido confrontado por estas cosas en su investigación de la Escritura. El lector no erudito de la Biblia puede entender esto también. Esto tiene que ver con géneros literarios, con métodos de escribir historia, algunas veces con los límites fluidos de una narrativa parabólica y una narrativa histórica. Cuando en el libro de Job se presenta un maravilloso diálogo entre Job y sus amigos en lenguaje artístico, todos pueden entender que ésta no es una trascripción estenográfica de un número de discursos improvisados que un hombre afligido y sus amigos, quienes habían estado sentados sobre las cenizas en silencio por siete días y siete noches, pronunciaron uno tras otro; sino más bien, que aquí hay el problema de la teodicea, de “justificar los tratos de Dios hacia el hombre”, es planteado y tratado en una forma dramática. Y cuando la genealogía de Jesús en Mateo es formulada en una serie de tres grupos de catorce nombres, uno no puede, por medio de comparar esto con la información del Antiguo Testamento, el cual incluye más nombres en la misma línea de descendencia, llegar a otra conclusión sino que el evangelista deliberadamente ha, ya sea, “arreglado” esto o ha usado un arreglo ya existente. No valdrá decir, “No cuadra”, o algo así. Uno tiene que llegar a apreciar que hay una diferencia entre nuestro espíritu Occidental exacto y el espíritu de alguien que hace dos mil años, en otras circunstancias y con otro objeto en mente, registró su visión de la historia.

En esta misma genealogía de Mateo hay más pruebas de esto. Sin embargo, nuestro interés aquí no es con detalles adicionales sino con un enfoque gobal de estas cosas que haga tanta justicia en la medida de lo posible a la naturaleza particular de la Escritura y su autoridad. En este enfoque siempre tenemos que estar conscientes de que estamos tratando con la Escritura como la Palabra de Dios. Así pues, sería una negación de la misma naturaleza de la Escritura si, en vista de lo que hemos estado discutiendo aquí, reconociéramos a la Escritura como únicamente un intento humano para dar expresión y una interpretación de lo que algunos escritores humanos hace mucho tiempo pudieron, debido a su creencia, haber entendido de la palabra de Dios; y, en adición, consideraríamos que nuestro compromiso con la Biblia consistiría solamente en tener que hacer lo mismo que ellos hicieron: permanecer en la línea de su tradición y transmitir lo que ellos entendieron de la palabra de Dios, en nuestro lenguaje, manera de pensar, y con nuestros medios de interpretación.

Digo que esto sería una perversión de la naturaleza de la Escritura. Porque con lo que somos confrontados en la Escritura no es únicamente con simple seres humanos en su fe humana y esfuerzos humanos para dar testimonio de lo que ellos entendieron de la revelación de Dios; es Dios mismo, dirigiéndose a nosotros por medio de hombres. Esta es una diferencia real y esencial, porque es la diferencia del sujeto real y autor de la Escritura. Pero al mismo tiempo siempre tenemos que estar conscientes de que es el hablar de Dios en su condescendencia hacia los hombres, maravillosamente ajustándose a sí mismo al lenguaje humano y a las posibilidades humanas de entendimiento. Por lo tanto, lo que se nos presenta en la Escritura siempre será un asunto que tenemos que escuchar en sumisión a la autoridad divina de Dios. Nunca puede llegar a ser un asunto de “interpretación privada” (nueva en cada era), porque ninguna profecía fue traída por voluntad humana, sino que los hombres hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo (2 Pe. 1:20-21). Y al mismo tiempo, escuchar a la Escritura es escuchar un lenguaje humano, conceptos humanos, imágenes humanas, las cuales tenemos que traducir, en más de un respecto, a fin de entender lo que Dios nos dice en y por medio de la Escritura.

Tratemos de llegar a una conclusión.

Intentar dar una definición teológica de la Escritura no es asunto fácil. Esto es así debido a su origen y carácter únicos. Toda la Escritura es inspirada por Dios. Por lo tanto, todas nuestras definiciones humanas permanecerán inadecuadas. Por el hecho de ser divina, se levanta por encima de nuestro conocimiento, y nunca comprenderemos plenamente “cual es la anchura, la longitud, la profundidad y la altura (Ef. 3:18). Esto se aplica también a su autoridad e infalibilidad. Su autoridad es mucho mayor de lo que somos capaces de expresar en palabras humanas. Pero al mismo tiempo tenemos que reconocer que esta Palabra de Dios ha entrado tanto a lo humano y se ha identificado tanto con lo humano que siempre permaneceremos ante la pregunta de lo que la inaccesibilidad divina y lo que la relatividad de lo humano en la Escritura significan concretamente.

Permanecemos ante una tarea muy profunda y misteriosa, transfiriendo pensamientos de la vida y el mundo de personas de hace dos mil años o más al mundo de hoy. Aquí yace la gran pregunta de la hermenéutica, con la que muchos actualmente están comprometidos muy intensamente.

No obstante, sigue siendo verdad que la Escritura y su autoridad, en el sentido más profundo y central de la palabra, no es oscura sino clara, a saber, en la manera en que enseña a las personas para entenderse a sí mismas, al mundo, la historia, y el futuro a luz del Dios y Padre de Jesucristo. Debido a esta claridad de la Escritura es que es una fuente siempre fluyente de conocimiento y vida y que enseña sabiduría a los simples. Y es debido a esta claridad y a este propósito de la Escritura que puede ser identificada con la Palabra de Dios, que tiene una autoridad incondicional, y que es el fundamento infalible para la fe.

Finalmente, me gustaría decir un par de cosas en respuesta a la afirmación de que la manera intricada en que la teología habla acerca de la autoridad e infalibilidad de la Escritura carece del poder y simplicidad de un enfoque menos complicado y más “ingenuo” o sencillo. Primero, cuando nueva luz es arrojada a la Escritura, a través también de las investigaciones de la ciencia histórica, la iglesia tiene que regocijarse, a pesar de que esto pueda compeler a la iglesia al mismo tiempo a estar lista para reconsiderar y redefinir los conceptos teológicos relacionados con la Escritura.

En segundo lugar, recordemos que sólo aquellos que tienen la ocasión de llegar a un enfoque más histórico de la Biblia y su autoridad serán capaces en el camino de entender el significado único e incomparable de la Escritura. El mundo del antiguo Cercano Oriente cada vez más está siendo abierto para nosotros. Estamos descubriendo “literatura” muy antigua en la que los sentimientos religiosos de la gente que fueron contemporáneos de los escritores bíblicos son expresados. Existe un trasfondo creciente del trasfondo judío a través del Talmud y a través de los conocimientos de los movimientos radicales en el judaísmo del tiempo de Jesús a través del descubrimiento de los escritos de Qumrán. De fecha más reciente aún es el descubrimiento en Egipto de una entera biblioteca de literatura gnóstica del segundo siglo.

Todo esto nos enseña más fuertemente que nunca antes estar conscientes de la relación entre la Escritura y el mundo del cual surgió. A la vez, vemos un establecimiento llamativo de la corrección histórica de la información bíblica y entonces nuevamente son planteadas preguntas en la cual no podemos siempre ver a priori que “la Biblia es correcta”. Pero hay algo más que es mucho más importante: a saber, no hay nada que más traiga claramente a la luz el carácter único de las Escrituras que la comparación cualitativa entre aquello que aquí y allá surja. La diferencia no reside en un desarrollo humano más avanzado, o una mayor exactitud, u otra manera de tradición. Es inherente a lo que hemos descrito una y otra vez como el propósito y el contenido cualitativo de la Escritura. Por un lado, hallamos una escrupulosidad legalista, un vuelo hacia lo especulativo, un temor invencible de la muerte. Por otro lado, en las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamentos, vemos un conocimiento cualitativamente diferente de Dios y de la naturaleza, de la fe en el perdón, de la conquista de la muerte, de morir con Cristo a lo que Pablo describe como los débiles y pobres principios del mundo.

La diferencia no es fácil de poner en palabras. La expresión en una de las confesiones Reformadas del siglo dieciséis no es demasiado fuerte o simplista: las Escrituras “tienen la prueba de ello en sí mismas” (Confesión Belga, Art. V). Porque donde aparece el testimonio de Cristo, ahí no solamente surge la luz, sino que también las tinieblas son iluminadas; como se dice de Jesús, él habló con autoridad y no como los escribas. Esto no implica que la doctrina concerniente a las Santas Escrituras se ha convertido en un asunto simple. Sino que a la luz de esta autoridad, podemos vencer el temor de que podamos estar en un sendero peligroso si vemos los caminos del Espíritu al registrar la palabra de Dios más históricamente, más críticamente, como más sombreado, que en el camino de un razonamiento exclusivamente dogmático.

Llegaremos a permanecer ante más preguntas, tal vez enfrente de más preguntas sin respuestas. Esa es la suerte de todo el que añade ciencia a sí mismo: él añade dolor también. Pero al mismo tiempo, la luz que brilla en la oscuridad es tan clara y tan brillante que no solamente el profeta sino inclusive el teólogo mucho más escéptico tiene que confesar: “A toda perfección he visto fin; amplio sobremanera es tu mandamiento” (Salmo 119:96).

Traducido por Valentín Alpuche.